El circunspecto
novela de Fernando Arrabal
R E I N O S D E C O R D E L I A
Colección: Literatura
Prólogo: Pollux Hernúñez
Páginas: 176
Formato: 13 x 20 rústica con sobrecubierta y cuadernillos cosidos
Precio: 17,95 €
ISBN-13: 978-84-15973-76-8
IBIC: FA
Tras ocho años de paréntesis, Fernando Arrabal regresa a la novela y rinde homenaje a Miguel de Cerbantes y a William Shakespeare en el IV centenario de sus muertes. Cuestiona además el mito de Don Juan, fanfarrón condenado éticamente y socialmente castigado. Este paradigma del machismo es encarnado en El circunspecto por Oleg Georg, una de las cinco personas seleccionadas para elegir al Premio Nobel de la Paz, y quien durante el mismo día droga y viola a sus tres compañeras de Jurado en una sala presidida por el cuadro El grito, de Edvard Munch. Todo lo que ocurre es observado a través de un circuito cerrado de cámaras de televisión por un espía noruego, a quien el estremecedor lienzo de Munch le invita a gritar el horror que le produce la infamia que contempla.
PRIMERAS PÁGINAS
El Circunspecto
La primera novela de Arrabal (1)
Es bien sabido que el régimen de Franco, que se complacía en otorgar toda suerte de distinciones con el fin de «dar ejemplo», concedió el premio al niño prodigio de 1942 a Fernando Arrabal, que tenía entonces diez años. Lo que no se sabe es que, cuatro años después, Arrabal escribió el esbozo de lo que podría considerarse su primera novela.
Acabo de tener la suerte de descubrir ese texto en un cuaderno escolar hallado entre los documentos – que Arrabal me ha permitido inspeccionar- , guardados en las numerosas cajas que se acumulan en su desván desde la muerte de su madre hace doce años. Se trata de dos cuartillas en las que describe un viaje extraordinario en compañía de su padre. Más extraordinario todavía es el hecho de que este texto está… en latín. Pues en esa época, en el colegio de curas en el que Arrabal estudió, los niños aprendían la lengua de Cicerón a partir de los diez años.
Se trata de un latín más bien macarrónico, plagado de citas textuales o modificadas de textos conocidos, y de vocablos tomados libremente del diccionario cuando no totalmente inventados. Sabía que Arrabal cultivó siempre una profunda nostalgia del latín, pero, cuando le mostré el cuaderno, dijo que lo había olvidado completamente, ya que en el colegio hacían traducción y composición latina cada semana, y que solo recordaba vagamente la hormiga de su cuento. Ofrezco aquí la traducción de este texto inédito, con algunas notas aclaratorias.
Canto a las armas y a mi padre, que el primero voló sobre España desde las costas africanas y me llevó hasta los confines del universo (2). Tenía dos alas de arcángel, grandes y blancas, y yo iba a horcajadas3 sobre su cuello. Volábamos a toda velocidad de día y de noche y me dormí, pues estaba cansado y hacía mucho calor. Cuando desperté, estábamos en una nube del cielo (4), una nube blanca y rosada, y mi padre me dijo que bebiera unas gotas enormes de caramelo con gusto de limón que caían de lo alto. Estaban riquísimas y quitaban las ganas de comer cualquier otra cosa. Nos dis- poníamos a continuar cuando, de repente, vimos a un señor muy grande que volaba por encima de nosotros como un murciélago. Tenía cuatro brazos, un sexo de oro enorme y alas azules como el cielo que producían un ruido extraño. Abrió la boca y nos arrojó unos escupitajos de leche concentrada salad(5).
Mi padre me cogió sobre los hombros y echamos a volar. Íbamos muy de prisa y yo cerré los ojos, pues me sentía mal. Solo oía un zumbido parecido al de un aeroplano (6). De pronto, chocamos contra una especie de escaparate, pues oí un ruido tremendo de cristales rotos, pero no se veía nada, probablemente porque todo estaba oscuro. Observé que estaba flotando como si tuviera alas y que mi padre no estaba allí. Le llamé, grité su nombre, lloré, pero no oía más que mis voces y mi llanto. Y caía, lentamente caía, con el corazón aterido caía, en la oscuridad y el gris yo caía (7).
Me encontré en una isla redonda y blanca en la que solo había una palmera y una hormiga gigantesca de grandes ubres que me dijo: «¡Hola!». Le pregunté si había visto a mi padre y ella me respondió que yo no tenía padre, que nací de una higuera, único árbol que no da flores8, pero que podía quedarme allí si me portaba bien. Le dije que me iba en busca de mi padre y me dijo que no podía ir a ninguna parte, pues aunque las alas me habían permitido bajar, no podrían elevarme. Noté, en efecto, que tenía alas detrás de los hombros, pero no tan grandes como las de mi padre. Y estaba completamente desnudo.
Me arrojé al agua y empecé a nadar, pero no avan- zaba. A pesar del color blancuzco, aquello no era agua, sino sangre más bien espesa con gusto de chocolate amargo9. Agitaba los brazos y las alas, pero me hundía. Sentí algo en el pelo y, de golpe, me sacaron fuera. Era la hormiga, que me había agarrado con sus pinzas y me depositó en la arena. Se echó a reír como una loca (10) y luego, de un tajo limpio con las pinzas, me cortó un brazo, luego el otro, luego los pies.
Me dolía muchísimo y empecé a lamer la sangre que corría de las heridas de mis brazos cortados, pues tenía miedo de morir. Fue entonces cuando vi que una hoja de higuera me brotaba del ombligo y me cubría el sexo (11). La hormiga devoraba mis brazos y mis pies mientras que, clavado en la arena, no podía hacer nada. Ba- tía las alas, pero seguía en el mismo sitio. Quería escapar de aquel lugar infernal y me puse a gritar todavía con más fuerza el nombre de mi padre. Pero no entendí más que el chasquido de mis huesos entre las mandíbulas de la hormiga (12). Fue entonces cuando me desvanecí.
Para quienes conocen el primordial lugar que ocupa el padre de Arrabal en su vida y en su obra no será sorpresa comprobar en este relato la estrecha dependencia e incluso su obsesión por él. Lo que más llama la atención es el instinto premonitorio de un niño que, ya adulto, volverá a recrear en total plenitud algunas de las imá- genes esbozadas aquí. En efecto, durante décadas, Arrabal ha construido su biografía en torno al mítico héroe que para él fue su padre.
Algún experto freudiano podrá quizá desentrañar y explicar las correspondencias y la simbología de los diferentes detalles de esta historia fantástica, verdaderamente onírica, en la realidad del futuro autor. Pero no hace falta ser un gran psicoanalista para detectar aquí mucha materia recurrente en su obra. Puede afirmarse que la mayor parte de los temas característicos de su literatura ya están presentes en este texto. Y el estilo tajante, robusto, gráfico, e incluso algunas palabras, volverán a encontrarse en textos posteriores del escritor.
* * *
El verano pasado la Universidad de Salamanca instaló un enorme ascensor a pocos centímetros de la fachada plateresca de su edificio histórico para permitir que los visitantes pudieran observar de cerca las numerosas maravillas que la adornan desde su construcción a principios del siglo XVI. Pocos meses después del descubrimiento del cuaderno arrabalaico, tuve ocasión de visitar aquel monumento, del que tomé varias fotografías, entre ellas la que se reproduce aquí.
Puedo imaginar el asombro del lector al contemplar esta foto, pues difícilmente podrá igualarse al mío cuan- do contemplé el original. No podía dar crédito a mis ojos ante un relieve de 500 años de antigüedad, cuya cabeza guarda tal parecido con la de Arrabal adulto, mientras el cuerpo recuerda la descripción que el narrador de nuestro relato hace de sí mismo. Exceptuada la barba, la hoja de vid (y no de higuera) y la naturaleza foliforme de los pies, este fantástico ser alado, con los brazos cercenados y sentado en una especie de palmera, coincide de manera turbadora con el del relato.
Más desconcertante todavía es el hecho de que Arrabal no pu- do inspirarse de este relieve pa- ra componer su relato, pues, in- cluso si hubiera visitado el monumento, no habría podido percibir este detalle particular, pues se halla lejos del suelo, en el nivel más al- to de la fachada, y ninguna imagen de él había sido publicada antes de su texto (la última visita de un mortal anterior a 2012 a esa altura de la fachada se remonta a 1853). El joven Arrabal recurrió únicamente a su imagi- nación, la misma que ha derrochado de mil maneras en toda su obra posterior. Hace unos meses declaraba en Nueva York: «Cuando me pongo a escribir, realizo un via- je entre la alucinación y la perspicacia». Aquí está la prueba.
Pollux Hernúñez
1. Traducción del texto publicado en Ou Arrabal ou les agélastes, n° 74 de L’atelier du roman (París, junio de 2013).
2. Arma patremque cano qui primus ab oris Africae super Hispania cum me volavit ad intermundia. Pastiche del principio de la Eneida y referencia a Melilla, donde nació Arrabal. La última palabra es un tecnicismo epícureo que designa el (3) espacio entre los mundos, tomado visiblemente del diccionario.
3. Virilem modum: fórmula tomada directamente del Nuevo diccionario latino-español etimológico de Raimundo de Miguel, reimpreso muchas veces desde 1867 y destinado a las «manos de la tierna juventud».
4. Esta expresión pleonástica (nubibus caeli) aparece varias veces en el evangelio de Mateo.
5. Este personaje debe algunos rasgos al Hijo del hombre del Apocalipsis (XIV 14).
6. Bombizationem aeroplanicam. La primera palabra es rarísima y designa el zumbido de las abejas. El autor puede haber optado por ella por su cromatismo. La segunda es un neologismo creado sobre la marcha.
7. Este pasaje permite suponer que el joven Arrabal conocía la metamorfosis de Alcíone en martín pescador como la describe Ovidio (XI 731/40).
8. Lugar común de la retórica escolástica. En realidad la flor de la higuera es el higo.
9. El autor inventa: sapore chocolati amari.
10. Cachinnabatur ut mulier demens. Frase tomada del libro de ejercicios de latín Ad linguam latinam perficiendam del jesuita Ludivino J. de Leugenaar (1913)
11. Folia ficus ex umbilico pudenda occultabat (como a Adán y Eva en Génesis 3.7).
12. Audiebam tantum stridorem ossarum mearum inter mandibulas formicae. Declinación incorrecta: ossa (huesos) es el plural del neutro os ossis (y no de un femenino inexistente ossa ossae). La forma correcta sería ossum.











